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2/21/2007 Sobre la coacción pasivaExiste en el complejo campo de la psicología humana un fenómeno que, a mi juicio, no ha sido lo bastante atendido o desarrollado por los especialistas. Mediante su delimitación será seguramente menos complicado percatarse de su surgimiento y contribuir a hacernos un poco más libres frente a la influencia deliberadamente malvada de individuos inteligentes que, desprovistos de escrúpulos y llegando casi a cuadros psicopáticos, desarrollan como un instrumento de "lavado de cerebro".
Las líneas maestras de este proceso consisten en someter a la persona a una situación de presión tal que, ante la oportunidad de ver reducida esa presión, haga lo que uno desea, con tal de verla reducida. Se trata de un mecanismo de tensión prolongada o espontánea (aunque siempre tras un proceso previo de aclimatación personal), a cuyo fin se cumple la promesa de reducir la presión durante un tiempo determinado para luego, buscando una nueva excusa, darle comienzo de nuevo. Cuanto mejor y más creíble sea la excusa que hace regresar la presión, más predisposición tendrá la víctima a ceder de nuevo ante una promesa de cese definitivo de ésta.
La manifestación más eficaz en cuanto a credibilidad y presión, y aquel sin el que no cabe concebir el objeto de la explicación, es el sentimiento de culpa. Es creíble, porque si se desarrolla correctamente en la víctima, verá nuestro propio conflicto como un conflicto propio y es instrumento de presión, porque crea en la persona una nueva necesidad interna, caracterizada por la angustia, de la que no podrá librarse en tanto en cuanto no satisfaga nuestras necesidades, que ahora entenderá como suyas.
A este fenómeno, peligroso en cuanto puede producir daños irreparables en la persona (y tanto más eficaz cuanto mejor persona sea), lo llamo coacción pasiva (en oposición a la coacción activa o "Nötigung").
Tras un período de confianza más o menos largo, en función del carácter de la víctima, en que le mostraremos que somos todo lo parecidos a ella y todo lo buenos que podamos hacerle creer, esperaremos el momento idóneo para crear una situación crítica, en que habremos inculcado en ella el sentimiento de culpa (a costa de situarla como principal causa, voluntaria o no, de males terribles) y la obligaremos de forma pasiva a tomar una decisión sobre satisfacer o no nuestras necesidades, a costa de asumir de lo contrario una culpa inmensa.
De este proceso crítico, que puede durar tan sólo unas horas (y que sólo adquiere visos de efectividad si los prolegómenos han sido exitosos), pueden surgir sentimientos irresolubles en la víctima, de trauma y desconfianza, habiéndose observado en más de una llegar al llanto, a la negación de sus propios deseos con tal de hacer desaparecer el sentimiento de culpa (que hábilmente el verdugo ha creado) o la presión externa, y por último, a una concepción caótica de la vida, con posibles salidas inesperadas.
De estar preparados para este tipo de presión, sutil y difícil de detectar, pero sin embargo, objeto de los más dolorosos casos de maltrato, por cuanto destruyen a la víctima directamente desde dentro, depende en buena medida la libertad en nuestras relaciones personales. Debemos comprender bien que el egoísmo no tiene límites, y que cuanto más inteligente es el malvado, tanto más dañina y más difícil de advertir es la maldad. Comments (2)
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