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9/6/2005 Yo sobreviví a la mafia senegalesaHacía tiempo que no me ocurría algo tan peculiar, y a la vez tan peligroso. Casi como tras una experiencia cercana a la muerte, después de ayer, algunos cuantos vemos la vida de otra forma... Trataré de no extenderme demasiado, aunque la historia es larga y requiere muchas precisiones.
Ocurrió en Gaviria, como tantas otras cosas. Pero esta, vez la experiencia no fue tan gratificante como otras (en realidad sí en parte, pero eso no lo contaré aquí...). Libres temporalmente de exámenes, tras superar el temible escollo de Administrativo, y compelidos por las ganas de salir de Luis, decidimos pasar la que quizá haya sido mi última noche de fiesta en Madrid hasta dentro de un año. Como era posible que lo fuera, una visita al Palacio se hacía imprescindible. A ello ayudó que junto al oso y el madroño, hubiera un panchito occidentalizado repartiendo panfletos para entrar gratis con invitación a Caipiriña. "Fiesta brasileña", ponía. La cosa prometía, así que después de un rodeo por los pubs de sol, tan llenos de recuerdos del curso pasado, nos pusimos de acuerdo en acudir a la discoteca madrileña que es, y en eso no tenemos duda alguna, nuestro sancta sanctórum.
Antes de salir de la residencia, aún bastante vacía, pero con mucho carismático campando ya a sus anchas, tomamos como compañero de andanzas nocturnas a un estudiante extranjero. Me había saludado ya esa misma mañana, al visitar a Eriko (del que algunos se atreven a decir, se parece a Toby McGuire), en un inglés arrastrado y con acento de la Rusia profunda. Era georgiano, de la tierra de Stalin. Aunque por sus rasgos redondeados, se me ocurrió decirle "you're like a manchego-aragonés". Hubo risas, porque al parecer todo el mundo decía que lo que tenía era una cara de eslavo que no podía con ella. En cualquier caso, si se hubiera puesto a bailar una jota, yo no lo habría sacado de contexto. El hecho es que el chaval no hablaba ni una palabra de español (miento, sabía decir "buenos días"), así que no se enteraba cuando nos referíamos a él como "el armenio", y otras cosas menos suaves. Alto y fuerte, como era, no teníamos ni idea de lo bien que nos iba a venir para sobrevivir esa noche, aumentando nuestro número...
A nuestra entrada al palacio pudimos ver que estaba semi-vacío, con un cúmulo de gente hacinada para pedir bebida y una única sala de baile abierta, con muy poca gente aún. Era la típica escena de comienzo de la noche en Gaviria. La gente que ahora pedía sus Caipiriñas gratis, a los que nos sumamos, a eso de las 12 y media habría llenado la sala. El "armenio" hablaba de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo estaba callado y observando como un santo. Puede que interiorizando la experiencia... Más bien porque no tenía ni puñetera idea de cómo decir nada inteligible... El caso es que pasamos a la sala, y dimos unos pocos rodeos. Yo ya estaba bastante puesto entre la caipiriña y lo que vino antes (la indispensable sangría preliminar de las noches de fiesta y los chupitos gratis de sol...), así que hice de las mías, con la rapidez que acostumbro.
Pero al poco de llegar, se desató el caos. Cuando volví del servicio, vi a mi compañero y a Luis muy tensos. Hablaban entre sí como para decidir qué hacer, mirando hacia todos lados. Cuando me acerqué, Ilde me dijo: "no mires a los negros que tenemos detrás". Así que lo primero que hice fue volverme y mirarlos. Uno de ellos era casi tan alto como yo, llevaba puesta una gorra de visera y vestía muy bien. Parecía un negro de Harlem venido a más. Junto a él había otro más bajito, pero también más fuerte. Cuando me giré el de la visera cogía al otro y señalaba en nuestra dirección. Parecía muy enfadado. Sin dar explicaciones, me cogieron, cogimos al georgiano, y nos fuimos hacia el fondo de la sala. Allí, Luis me dio un pequeño adelanto de lo que estaba pasando. Él es policía nacional, y al parecer en una redada reciente, había decomisado una grandísima cantidad de material de contrabando a un grupo al que pertenecía el negro de la gorra, y además, había detenido a todos sus amigos, que ahora estaban en espera de juicio. "¿Y cómo te ha reconocido, si entonces llevabas el uniforme?" "Iba de paisano", me contestó. Entre tanto, los negros, desde la otra punta de la sala, aún seguían observándonos.
Salimos al pasillo para deliberar. Después de discutir un poco, y dejándose en parte llevar por mis "tranquilos, que no va a pasar nada, estos nos echan dos miraditas y se van", decidimos regresar a la sala y plantar cara a la que fuera. Desde luego, no íbamos a huir.
Al entrar de nuevo, nos sorprendió no ver a los negros por ningún sitio. Pero Luis no parecía haber abandonado su preocupación. Nos dijo: "han ido a pedir refuerzos". Y debe ser que la policía nacional ha dotado a mi amigo de un sexto sentido para estas cosas pero, efectivamente, al cabo de un rato, volvieron con otros tres negros más. Esto ya parecía el Bronx. Ahora nos superaban en número.
Viendo la situación, y en un intento de ver qué hacían, cogimos a un par de chicas americanas con las que estábamos, y nos las llevamos al pasillo. Cual no sería nuestra sorpresa cuando en respuesta a nuestro movimiento, el negro de la gorra había dado la vuelta a todo el palacio para esperarnos al final del corredor y cerrarnos el paso. Dentro esperaban sus compañeros, distribuidos como un comando en varios lugares de la sala. La cosa empezaba a ponerse realmente fea. Fue entonces cuando Luis nos explicó que estos negros pertenecían a la mafia senegalesa, que se dedicaban a todo tipo de actividades de extorsión, contrabando y negocios turbios, y que no había podido detener al negro porque contaba con un "pasaporte diplomático" que le protegía a priori de la justicia española. El tío nos miraba fijamente desde el final del pasillo, con cara de cancerbero, y no se movía de allí. Debatiéndonos entre avisar a seguridad y salir por piernas, nos decidimos a entrar de nuevo en la sala. El negro nos siguió. Estaba claro que querían tenernos controlados para al salir fuera del lugar, aprovechar cualquier oportunidad para pasarnos por las armas y salir de rositas. Pero eso no podían hacerlo dentro. Debían esperar. Y no parecía que fueran a cansarse.
Entonces fue cuando mi compañero decidió intervenir... La verdad es que si no hubiera sido por él, la situación podría haberse desbandado. Y actuó como un héroe (viendo al negro, creedme que fue una heroicidad). Se acercó a él directamente. En ese momento estaba solo, pero inmediatamente sus amigos se aproximaron a nosotros, como previendo una situación violenta. A la pregunta de si tenía algún problema, el negro no dejaba de decir "Go ahead! Go ahead! What's the problem with you? I want to talk only with your friend!", acompañándose de gestos muy violentos y una cara de furia difícil de describir. Finalmente Luis se acercó.
El tío le tenía un especial rencor, porque en la redada, viéndolo muy joven, le había dicho que no se creía que fuera madero, a lo que Luis respondió sacando la placa y pegándole un guantazo: "¿qué, soy policía o no?".
Los negros iban y venían en medio de la discusión, pero a medida que pasaba el tiempo, y tratando de tranquilizarles, sin forzar la situación, el único que iba conservando las ganas de matar era el de la gorra. Al parecer, el equipo de la policía, según él, le había decomisado un millón de euros en mercancía, y ahora no podría recuperarlos de ninguna manera. Si hubieran sido nigerianos, nos dijo, sus proveedores ya los habrían matado. Pero por lo visto, tenían la "suerte" de ser senegaleses... En el momento de más tensión, dijo que podría matar a nuestro amigo, y después marcharse tranquilamente, pero que él ya estaría muerto.
A reconducir la situación ayudó un negrito conciliador de nariz redondeada que nos ayudó a suavizarlo todo (¿quién iba a pensarlo?). Gracias a él y a las buenas maneras de Ilde (que por fortuna no había bebido...), logramos salir airosos. Desaparecieron. Pero por temor a que la cosa fuera a mayores y nos esperasen fuera, pedimos que nos acompañase a uno de los seguratas de la puerta. Una vez fuera, sin detenernos a mirar hacia ningún lado, cogimos un taxi que esperaba en la puerta y nos marchamos de allí echando leches.
La noche se saldó en el coche, de vuelta a la resi, con una conversación en inglés con el georgiano, sobre inmigración masiva, y la suerte que tenía Georgia por no sufrirla. Sviart, que así se llamaba (o así se pronunciaba su nombre), pudo añadir a su vida una nueva experiencia. La de haber sobrevivido a la mafia senegalesa... Lo curioso es que en ningún momento pareció darse mucha cuenta de lo que pasaba. Comments (6)
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